Imputan a una transera por mandar a matar a un adicto que le debía 500 pesos

Miercoles 17 noviembre 2021

Matías Oroño tenía 25 años. Fue a un kiosco a pedir cocaína de fiado, la encargada se lo negó y llamó a los proveedores que lo siguieron y lo ejecutaron

Poco después de que sonaran cinco tiros en el barrio Stella Maris del oeste rosarino, Matías Oroño golpeó con sus últimas fuerzas la puerta de su casa. Era un joven que sufría de adicciones y su familia, al hallarlo frente a la casa, pensó que sucumbía a una sobredosis. Pero eso fue hasta que su hermana le encontró bajo la remera una de las heridas de bala que le costaron la vida. Según la investigación, al muchacho lo mataron cuando fue a comprar fiado a un kiosco de drogas pero la transera se negó y le exigió: “Pagame lo que me debés”. Como el joven no tenía los 500 pesos adeudados, la mujer mandó a que lo mataran dos hermanos aún prófugos que eran sus superiores en la escala narco. Por instigar ese crimen la transa quedó en prisión preventiva como coautora de un homicidio calificado, delito que se pena con prisión perpetua.

Esa es la mecánica que pudo reconstruir la fiscal Georgina Pairola sobre el crimen de Oroño, un joven de 25 años baleado el 18 de septiembre pasado. Este lunes Patricia V., de 28 años y sindicada por vecinos como la encargada del búnker al que el muchacho fue a pedir drogas de fiado, fue imputada por el delito de homicidio calificado por la participación premeditada de tres o más personas. Su pareja, Pablo Alejandro S., fue imputado por amenazas coactivas a raíz de una intimidación previa a la madre de la víctima.

Matías Oroño fue asesinado el 18 de septiembre. Tenía 25 años

El juez Mariano Aliau dispuso la prisión preventiva para ambos por 90 días. Además le dio curso a un pedido de la fiscal para que el área de Niñez de la provincia se ocupe de inmediato de los tres hijos menores de edad de la pareja, dado que en el allanamiento a la casa de pasillo ubicada en Manuel Acevedo al 1200 bis donde vivían “se hallaron estupefacientes y balanzas de precisión”, municiones y un cargador.

Matías vivía con su familia sobre calle Maradona, a metros del arroyo Ludueña. Había terminado la escuela secundaria y trabajaba en el Jockey Club, que le pagaba su sueldo mientras él realizaba un tratamiento de rehabilitación por el consumo de drogas. Había jugado hasta los 20 años en el club Renato Cesarini y era considerado un buen futbolista, “pero la droga lo perdió”, contó a este diario su hermana Arantxa. “Matías empezó hace cuatro años con sus adicciones pero los últimos tiempos fueron los peores. Hace ocho meses que está en rehabilitación. Estuvo internado en cuatro instituciones distintas en Santa Fe y en Buenos Aires”, aportó a la causa penal.

Tres días antes del crimen Matías se había escapado de la última institución donde estuvo internado, en la zona norte de la ciudad, y regresó a su casa en taxi. Entre su familia y sus vecinos se turnaban para cuidarlo pero, según contaron, no lo podían contener. En el día previo al ataque letal había empeñado una pava de aluminio y una pava eléctrica para poder comprar drogas y consumir. La madrugada del 18 de septiembre en su casa escucharon cinco tiros y enseguida un golpe en la puerta: era Matías llamando a su papá. Lo encontraron tirado en el pasillo de entrada.

“Todavía respiraba. Yo le hablaba, le decía: «Mati, ¿que pasó?». El me miraba pero no me hablaba, no podía hablar. Estaba pálido, frío y transpirado. Yo al principio pensé que estaba pasado de droga porque no veía sangre, no le veía ningún impacto”, contó su hermana, que mientras lo entraba a la casa con la ayuda de seis personas le vio sangre en la espalda: “Le levanto la remera y ahí le veo el agujerito. Me desesperé”. Matías falleció en el Hospital de Emergencias con heridas en la zona lumbar, la ingle y las piernas.

A la familia le llegaron luego comentarios que, al igual que tres testigos de identidad reservada, apuntan a la pareja de “Pato” y Pablo como quienes mandaron a matar a Matías. Según la reconstrucción fiscal, entre las 3 y las 3.30 de la madrugada de aquel 18 de septiembre el joven fue a comprar cocaína al pasillo de calle Acevedo y discutió con Patricia, la transa del búnker, porque no tenía cómo pagarla. “Vos no me pagás, ahora vas a ver”, fue la respuesta. Entonces la mujer llamó desde su celular a dos hermanos para los que trabajaba —quienes según testimonios bajaban la droga a ese quiosco— y los convocó: “Vení que está acá”.

“Ya te lo voy a pagar, no tengo ahora para pagarte”, contestó Matías mientras se alejaba caminando, según un testigo de identidad reservada que presenció la secuencia homicida. “Pero Matías era re tranquilo, le hablaba bien y ella estaba exaltada, jetoneaba, se le habían subido los humos”, observó. “Al toque, en una moto”, dijo, llegaron los dos hermanos que “le traen la droga a Pato, le buscan la plata, son los encargados”.

Por una confusión, abordaron a un cliente que esperaba su turno en la puerta del pasillo. “Vos pagá lo que debés”, lo increparon tras encañonarlo con una “pistola grande” que podría ser una 9 milímetros. “El no es, allá va”, los sacó del error Patricia mientras señalaba a Oroño, que se alejaba caminando. Los motociclistas lo alcanzaron a unos cien metros, le efectuaron varios disparos y así y todo el muchacho logró correr tres cuadras hasta desvanecerse en la puerta de su casa.

“Matías no estaba ni enterado de que la moto entró por él, que salió caminando normal y la moto lo alcanzó enseguida”, aportó el testigo, y dijo que “los de la moto no se bajaron en ningún momento, se acercaron por atrás y el que tenía el arma le disparó a una distancia de cuatro o cinco metros”.

“No hay un porqué lo mataron, él no tenía problemas con nadie. De última pegale, dale una piña. No se entiende por qué lo mataron, él no era maleducado, no faltaba el respeto”, dijo otro testigo. Un conocido contó que Matías “le debía plata a gente del narcomenudeo del barrio” pero “nunca se ponía agresivo”.

“Una persona que es consumidora como Matías necesita consumir cada hora. Allí venden bolsitas de 300 pesos y en cada consumo necesitás tres bolsas por hora, yo fui consumidor y conozco como es”, aportó otro testigo y precisó que a Matías solían venderle fiado.

Pablo S. fue imputado por amenazas porque la madre de Matías había ido a su casa a preguntar si el muchacho había empeñado allí una bicicleta suya. Se lo negaron, pero la mujer les advirtió que si eso seguía ocurriendo se vería obligada a denunciar por robo a su propio hijo ante la policía. El 26 de agosto a las 15.30 Pablo S., según la imputación, se presentó en la casa de los Oroño y le dijo a la hermana de Matías: “Tu mamá quiere llamar a la policía y si ella llama a la policía yo lo hago desaparecer a tu hermano”. El crimen ocurrió tres semanas después.